Siempre llegaba a las diez de la mañana a la plaza de Bolívar, allí se sentaba en la esquina occidental y como si realizara una costumbre milenaria, empezaba a ordenar sus escasos utensilios sobre una vieja y roída manta marrón que sacaba de su mochila y que aseguraba era de autentica tela persa, todos los días a la misma hora aquel vejete extendía sobre el suelo su auténtica manta voladora como si con ella diera inicio a un antiguo acto de magia.
Se la pasaba todo el día meditando y esperando, se alimentaba una vez cada tres días. Perla, su mascota, una perra celosa y egoísta lo acompañaba fiel. Tanto el animal como él, aborrecían el ruido de los carros y ese olor de hospital y farmacia que brotaba de la alcantarilla que estaba al otro lado de la calle.
La escasa barba le daba una apariencia cómica, esos escasos pelos grises que adornaban su quemado rostro lo llenaban de misticismo. Sobre su cráneo calvo se dibujaba un extraño símbolo que semejaba borrosamente el camino de unas huellas o el pie de un infinito animal, la barba caía sobre su pecho horquillada y desordenada. Era delgado, de piel curtida y de ojos impenetrables. Aquel hombre llevaba sobre sí una oscura sabiduría, parecía hecho de la misma materia de los sueños; misterioso, seductor y al mismo tiempo despiadadamente apocalíptico.
A eso de las once de la mañana empezaban a llegar sus clientes, la perra gruñía, más la gente sabía que ese refunfuño tan sólo era la bienvenida y el riesgo que se corría por ser atendido.
Todos los hombres, mujeres y niños iban a él por su magia. Zoltán le llamaban, Zoltán, el vendedor de sueños.
Cada pedido era secreto y tenía que ser dicho de forma humilde al costado derecho del vejete, donde el ojo inerte de la perra no pudiera seguirlos.
Después, los clientes se retiraban unos cuantos metros y esperaban el llamado del mago.
Todos los días ocurría lo mismo, los hombres se acercaban, a su oído celestino, por sueños de aventura y riesgo, por sueños de sabiduría y eternidad. Por su lado, las mujeres pedían sueños de lujo, de suerte, de gloria y de felicidad. Los niños eran los que mejor aprovechaban el poder del anciano, ellos lo hostigaban con sueños de esperanza, de momento, de juego, de alegría, sueños de goce y tranquilidad.
Al terminar la jornada Zoltán levantaba su manta la metía en su mochila y empezaba el camino a casa por el viejo callejón del “Volcán de las Nieves”, la gente con tristeza tenía que aceptar que se iba. Siempre su despedida causaba un asombro único, la gente quedaba estupefacta viéndolo partir, la escena de las palomas desesperadas volando encima de la cabeza del anciano en un círculo perfecto, la perra llevando el compás alegre de su dueño y él, ignorante de cuanto le rodeaba, desapareciendo como un espejismo entre el confín de las calles, hacía que la leyenda del vendedor de sueños se fortaleciera como el deseo de un oasis en medio del desierto.
Un día, llegó, hasta el sitio acostumbrado de Zoltán, un hombre alto, robusto, de un escaso y burlesco bigote y de unos ojos verdes oceánicos, aquel hombre reposó sobre el hombro izquierdo la mano derecha y sin dejar que la perra gruñera sentenció con magnífica voz:
- ¡Zoltán, ya es hora de que despiertes!- dicho esto desapareció ante la estupefacción de los clientes que comenzaban a llegar.
Cuando Zolio Tangarife abrió los ojos, su esposa y sus dos mustias hijas se abalanzaron sobre su cama de convaleciente con lágrimas verdaderamente felices.
En ese preciso instante, en que se desarrollaba aquella grata escena, irrumpió en la habitación un hombre de bigote burlesco y ojos verdes oceánicos, al verlo, Zoltán preguntó:
-¿Doctor cuánto he dormido?
El medico haciendo un seño de seguridad respondió:
- Tan sólo cinco años.
Si estas aquí, de seguro ya eres un peregrino onírico, peregrino de la luz, incansable buscador... Mitos, historias y leyendas relacionadas al plano astral son conocidas desde tiempos remotos, pero... ¿CUAL ES LA VERDAD DETRAS DE TODO ESTO?. El objetivo de este grupo es responder a este interrogante pero no desde una perspectiva teórica, sino mas bien práctica. ¿Te animarías a compartir esta búsqueda?
viernes, 29 de junio de 2007
Zoltan - Un milagro de la vida
Siempre llegaba a las diez de la mañana a la plaza de Bolívar, allí se sentaba en la esquina occidental y como si realizara una costumbre milenaria, empezaba a ordenar sus escasos utensilios sobre una vieja y roída manta marrón que sacaba de su mochila y que aseguraba era de autentica tela persa, todos los días a la misma hora aquel vejete extendía sobre el suelo su auténtica manta voladora como si con ella diera inicio a un antiguo acto de magia.
Se la pasaba todo el día meditando y esperando, se alimentaba una vez cada tres días. Perla, su mascota, una perra celosa y egoísta lo acompañaba fiel. Tanto el animal como él, aborrecían el ruido de los carros y ese olor de hospital y farmacia que brotaba de la alcantarilla que estaba al otro lado de la calle.
La escasa barba le daba una apariencia cómica, esos escasos pelos grises que adornaban su quemado rostro lo llenaban de misticismo. Sobre su cráneo calvo se dibujaba un extraño símbolo que semejaba borrosamente el camino de unas huellas o el pie de un infinito animal, la barba caía sobre su pecho horquillada y desordenada. Era delgado, de piel curtida y de ojos impenetrables. Aquel hombre llevaba sobre sí una oscura sabiduría, parecía hecho de la misma materia de los sueños; misterioso, seductor y al mismo tiempo despiadadamente apocalíptico.
A eso de las once de la mañana empezaban a llegar sus clientes, la perra gruñía, más la gente sabía que ese refunfuño tan sólo era la bienvenida y el riesgo que se corría por ser atendido.
Todos los hombres, mujeres y niños iban a él por su magia. Zoltán le llamaban, Zoltán, el vendedor de sueños.
Cada pedido era secreto y tenía que ser dicho de forma humilde al costado derecho del vejete, donde el ojo inerte de la perra no pudiera seguirlos.
Después, los clientes se retiraban unos cuantos metros y esperaban el llamado del mago.
Todos los días ocurría lo mismo, los hombres se acercaban, a su oído celestino, por sueños de aventura y riesgo, por sueños de sabiduría y eternidad. Por su lado, las mujeres pedían sueños de lujo, de suerte, de gloria y de felicidad. Los niños eran los que mejor aprovechaban el poder del anciano, ellos lo hostigaban con sueños de esperanza, de momento, de juego, de alegría, sueños de goce y tranquilidad.
Al terminar la jornada Zoltán levantaba su manta la metía en su mochila y empezaba el camino a casa por el viejo callejón del “Volcán de las Nieves”, la gente con tristeza tenía que aceptar que se iba. Siempre su despedida causaba un asombro único, la gente quedaba estupefacta viéndolo partir, la escena de las palomas desesperadas volando encima de la cabeza del anciano en un círculo perfecto, la perra llevando el compás alegre de su dueño y él, ignorante de cuanto le rodeaba, desapareciendo como un espejismo entre el confín de las calles, hacía que la leyenda del vendedor de sueños se fortaleciera como el deseo de un oasis en medio del desierto.
Un día, llegó, hasta el sitio acostumbrado de Zoltán, un hombre alto, robusto, de un escaso y burlesco bigote y de unos ojos verdes oceánicos, aquel hombre reposó sobre el hombro izquierdo la mano derecha y sin dejar que la perra gruñera sentenció con magnífica voz:
- ¡Zoltán, ya es hora de que despiertes!- dicho esto desapareció ante la estupefacción de los clientes que comenzaban a llegar.
Cuando Zolio Tangarife abrió los ojos, su esposa y sus dos mustias hijas se abalanzaron sobre su cama de convaleciente con lágrimas verdaderamente felices.
En ese preciso instante, en que se desarrollaba aquella grata escena, irrumpió en la habitación un hombre de bigote burlesco y ojos verdes oceánicos, al verlo, Zoltán preguntó:
-¿Doctor cuánto he dormido?
El medico haciendo un seño de seguridad respondió:
- Tan sólo cinco años.
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)
No hay comentarios.:
Publicar un comentario